Gratitud
Por favor y gracias, las palabras mágicas que te abrirán puertas, me decía mi mamá desde muy pequeña. Y le hice caso.
Pido todo por favor, siempre doy las gracias, me aprendo los nombres de las personas e intento retener información de la última conversación que tuve con el conserje, mi manicurista, la señora de la limpieza.
Todos llevamos una vida a cuestas. A veces basta con detenerse un segundo: levantar la vista, hacer contacto visual, preguntar cómo está el otro. Y hay días en que no quiero hablar con nadie, sin embargo, igual hago conversación y soy amable.
Ser amable y agradecida me ha dado concesiones especiales.
En mi primer trabajo había un casino que servía menús por módicos precios, que contenían una ensalada, jugo, pan, un plato principal y un postre. Por ser amable, mirar a los ojos y sonreír tuve siempre más de un postre, una ensalada especial sin tomate o una taza de té en los días más fríos del invierno, que me devolvía el alma al cuerpo y el calor a las mejillas.
Últimamente he estado pensando en la gratitud.
Quizás porque terminé hace poco una novela de Delphine de Vigan, que mencioné en uno de mis rabbit holes semanales.
La historia sigue a una mujer en el ocaso de su vida, que está perdiendo la capacidad de comunicarse. Antes de partir, tiene un último deseo: agradecer a la pareja que la escondió durante la Segunda Guerra Mundial.
Y no pude dejar de pensar en lo mismo durante días: lo importante que es decir las cosas a tiempo.
La vida es frágil. La salud también.
Y sin el lenguaje, o sin el momento, ¿qué nos queda?.
Recordé otro momento.
Hace muchos años, en la universidad, tuve un susto tremendo: un atraso y la posibilidad de estar embarazada. Sentí que el mundo se me venía encima. Estaba muy sola. No podía contarle a nadie. Tenía un nudo constante en el estómago.
Fui a hacerme un examen de sangre en un centro de salud cerca de la universidad. Sola, con frío. Incapaz de comer, incapaz de sentarme sin tiritar.
La técnico que me tomó el examen fue amable conmigo. Me dijo que el mundo no se iba a acabar. Después de ponerme un parche en el brazo, me abrazó y me dijo que estuviera tranquila.
Salí llorando de ahí.
Ese gesto, mínimo, humano, me sostuvo la mañana. Pude sentarme a tomar un café. Pude pensar en opciones.
Afortunadamente no estaba embarazada. Fue solo un susto.
Pero esa mujer desconocida estuvo ahí cuando más lo necesitaba.
Y a veces vuelvo a pensar en eso.
En lo fácil que es hacer una diferencia sin darse cuenta.
En lo poco que cuesta.
Y en cuántas veces una palabra, o un gesto, llega justo a tiempo.
No recuerdo el nombre de esa mujer, pero no he dejado de darle las gracias.




El gracias y el por favor son trincheras emocionales a esta altura de la vida; la mayoría del tiempo más que para generar o mantener un vínculo terminan siendo retribuciones a uno mismo por mantener el espíritu de intentar ser no tan mala persona.